«El fantasma de Ford se ha ido», afirma una voz pausada mientras vemos un pequeño pueblo a la orilla del río Amazonas con una inmensa torre de agua a la que solo le falta el icónico logo de la Warner Brothers. Inmediatamente, la misma voz responde: «¿pero realmente se ha ido?».
Comenzar la génesis de los pueblos invadidos justamente con el momento de la invasión es uno de los mayores logros de la colonización, y es este orden cronológico el que la directora portuguesa Susana de Sousa Dias desarticula en «Fordlândia Panacea». Aunque la película comienza por ese momento «fundacional» —el establecimiento de la Ford Motor Company en plena selva amazónica brasileña, a orillas del río Tapajós, en 1928—, los planos de un pueblo activo y los testimonios de sus habitantes nos hacen comprender que Fordlândia fue —y es— un territorio por sí mismo, a pesar del enclave cauchero del estadounidense Henry Ford.
La música de la banda marcial escolar, con las ruinas de la fábrica como telón de fondo, rompe con el estigma de ciudad fantasma al que han sido condenados sus habitantes, quienes dan cuenta de su propia historia y presente: de las sucesivas olas de despojo (oro, soya, madera) y de las iniciativas comunitarias de reforestación que buscan intervenir sobre otra ruina: la selva deforestada.
De Sousa Dias hila finamente estos relatos para invitarnos a mirar las ruinas del «progreso» como materia orgánica que se transforma entre los vivos. En «Fordlândia Panacea», el fantasma de Ford sigue allí, pero quizás es solo uno más entre los espectros que habitan el pueblo. Así lo evoca una de sus habitantes: «cada vez que alguien de Fordlândia muere, se convierte en mariposa».