El miedo puede llevarnos por la vida como el río arrastra a las piedras, sin dirección, hasta ocasionarnos la irresistible necesidad de estar siempre férreos, protegidos, negando el pasado y la pérdida de quienes alguna vez fueron refugio. Esto es lo que explora, a través de imágenes rotas y un montaje cargado de memorias, «Lolita en Honda». Lo hace desde una propuesta poco convencional, en la que las formas fragmentadas de la remembranza intentan reconstruir aquello que la familia ha aprendido a callar.
La infancia aparece entonces no como un lugar al que se pueda regresar, sino como uno que continúa sucediendo en nosotros: en los gestos, en los miedos, en las maneras de querer y en aquello que heredamos sin saberlo. La familia se convierte en una especie de cauce que nos lleva consigo, incluso cuando creemos haber aprendido a nadar en dirección contraria.
El mal ocupa también un lugar particular en esta memoria. El diablo aparece no como una figura lejana, sino como algo que puede adquirir el rostro de aquello que nos resulta más próximo: la casa, la familia, los afectos y hasta la pobreza. Así, el miedo deja de ser únicamente aquello que amenaza desde afuera y comienza a confundirse con lo que conocemos demasiado bien. Lo demoníaco no necesita cuernos ni infiernos; puede habitar en la intimidad y crecer junto a nosotros.
La experimentación de la película acompaña esta idea. Las imágenes deterioradas, las reconstrucciones y las distintas formas de representar a una anciana y sus heridas hacen que el pasado nunca termine de presentarse como una verdad estable. Todo parece susceptible de transformarse, como ocurre con las historias cuando pasan de una generación a otra. La memoria deja de ser un archivo y se convierte en una materia que evoluciona cada vez que intentamos tocarla.
Y allí reside la inquietud que deja «Lolita en Honda»: en descubrir que aquello que más tememos no siempre viene de un lugar desconocido.
Muchas veces tiene nuestra propia voz.