El 11 de marzo de 2011 ocurrió uno de los peores desastres nucleares de la historia. Sin embargo, más de una década después, la región, todavía gravemente contaminada, parece estar reconstruyéndose. El Gobierno japonés planea reactivar su programa nuclear. Este documental se sitúa en un contexto de consentimiento social tácito, en el que un acontecimiento dramático parece desvanecerse en el olvido.
Fukushima puede alimentar fantasías posapocalípticas, pero la realidad es muy distinta. El accidente se ha disuelto en las plantas y el suelo hasta volverse invisible. En lugar de ofrecer otra mirada sobre los últimos supervivientes que habitan las zonas contaminadas, la película adopta el enfoque contrario: años después, observa la reconstrucción y la extraña aceptación de la vida en un espacio contaminado, cueste lo que cueste. Incluso si ello implica ignorar la radiactividad invisible, porque, al fin y al cabo, no deberíamos ser «radiofóbicos».
Detrás de todo esto surge una pregunta: ¿por qué persistimos en un camino que conduce a la ruina cuando todos los indicios nos señalan que deberíamos tomar decisiones opuestas? Japón destaca en este sentido. Tierra de desastres naturales, funciona como un faro que ilumina el camino que estamos dispuestos a seguir para mantener nuestro mundo de hiperconsumo.
Las decisiones de los gobiernos afectan a poblaciones que sufren sus consecuencias. Y, sin embargo, esas mismas poblaciones, sin dejarse engañar, soportan las peores situaciones en las que se ven sumidas. Esta sociología del desastre, traducida al lenguaje cinematográfico, ofrece un amplio abanico de posibilidades que la película explora.










